Aún no termino de digerir la frustración de no haber hecho "algo más" por mi amigo..., sepan disculpar...(en algún momento se aclararán las situaciones amigo Anthony).
Por lo pronto pongo primera y continúo en el camino.
Lo que a continuación les escribo "lo ví" desde la terraza de una casa que he habitado.
Ese día me senté y escribí MARTITA y ENZO
"Tan simple y tan real como caminar veinte pasos, pararse frente a la baranda de la terraza y dirijir la mirada hacia la Estación de tren.
En el frente se puede observar la parada de taxis, todos los autos se encuentran estacionados en una larga fila esperando que algún pasajero los ocupe.
Sobre un costado se apiñan una infinidad de puestos de venta callejera, todos son iguales: tablones, cajones y un gran plástico que oficia de improvisado techo.
En todos ellos ofrecen un sinmúmero de artículos.
Allí se puede encontrar todo tipo de rarezas, encendedores con forma de teléfono celular, ropa interior con el escudo del equipo de fútbol preferido y hasta equipos de audio "de los buenos".
Todo, todo lo que a uno se le pueda ocurrir, se encuentra apilado allí.
Esa vereda asemeja a un pueblo fronterizo de un país sudamericano. Todo es muy pobre y degradante, todo es humillante para esas mujeres y hombres que intentan seducir a potenciales clientes, gritando y exaltando las bondades de sus mercaderias.
En el medio de toda esa paupérrima escenografía, están sentados en el suelo rodeados de suciedad que tal vez alguna lluvia se encargue de limpiar, dos pequeños hermanos.
Ella se llama Marta, pero le dicen Martita, es la menor; él se llama Enzo. Martita tiene ocho y Enzo once años y desde que Martita comenzó a caminar, los dos andan siempre juntos. Y con más razón desde que el papá los abandonó para irse detrás de una mujer mucho más joven que su mamá.
Todas las mañanas los dos salen del marginal barrio en donde viven, empujando un carrito armado con ruedas encontradas y restos de madera.
Con el estómago vacío de alimentos y el corazón falto de cariño y afecto, diariamente se acercan a la ciudad en busca de los restos inservibles para muchos, pero importantes para ellos.
Enzo es el mayor de una infinidad eterna y descontrolada de hermanos, sobre sus espaldas lleva, a duras penas, la carga de ser el responsable de conseguir el dinero para darles de comer al resto de la familia. Martita es la segunda, coninciden en los pensamientos y en la sangre, ambos son hijos del mismo padre. Los que le siguen poseen rara mezcla de genes, algunos son rubios, otro morochos; ellos dos tienen la piel cobriza y penetrantes ojos oscuros. Han heredado la dura existencia de sus padres. Y todos los días reciben la indiferencia y el desprecio de los seres que los rodean.
Pero ellos siguen, Enzo protege a su hermana, él sabe que ella lo necesita, necesita de su madurez ganada a fuerza de imponerse en la vida, de sus caricias en la cabeza cada vez que se cae por el peso de lo que arrastran, porque le seca las lágrimas cuando ella desea tener un familia y estar junto a sus padres. Él se hace el fuerte en esos momentos, no puede darse el lujo de llorar, no puede hacerlo frente a su hermana menor.
Ella le brinda el cariño y el afecto de un niño, le da dulzura y cada tanto le regala una sonrisa de dientes de leche.
Caminan las calles desde muy temprano, juntan latas, cartón..., buscan y rebuscan en cada bolsa de basura, en cada contenedor apeado a la vereda.
Sólo los dos, ellos dos andan por caminos polvorosos, calles sin nombres, arrastran y empujan un carro, llevan y tiran de sus vidas.
De ambas vidas que no entienden y que no quieren entender, ya bastante con lo diario para preocuparse por un futuro..., dudan que lo puedan tener.
Martita y Enzo son dos chicos que viven sus vidas en las calles, esa es su escuela, sus maestros son lo seres inescrupulosos que abusan de sus inocencias.
Dos peuqeños hermanos que tiran diariamente de un carro cargado de lo inservible de los otros, dos hermanos que llevan en sus espaldas la indiferencia, el desprecio, el desamor y el desinterés de toda una sociedad hipócrita.
Martita y Enzo, y como tantos miles de chicos de la calle, juntan todos los días en la gran Ciudad, las sobras materiales y espirituales de nuestra sociedad."
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Este cuento lo escribí en una tarde del 10 de abril de 2000.
La estación de trenes existe, la misma situación con los chicos de la calle aún continúa... espero que Martita y Enzo sigan aún con vida..., es mi deseo...
Desde Baires-Argentina
Saigo-Can
mipiriapam
La imagen de Martita que "cada tanto le regala una sonrisa de dientes de leche" siempre siempre me ha emocionado........un beso grande y felicitaciones por haber publicado este relato tan sentido!
Te espero por mi blog....aún no haz visto el video.....increíble no?